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Opinión

  • | 2019/09/10 05:41

    Ivanka

    Descendió del avión en Bogotá y su mensaje produjo el primer impacto: una mujer vestida en medio del frío de la noche, y sin abrigo, con un traje de mangas cortas color blanco, el color del poder y del liderazgo. Fue una imagen poderosa: la imagen de una mujer que existe para mandar; la imagen de una Daenerys Targaryen que no claudica ante nada.

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El trato que recibió la hija de Trump en Colombia fue casi como el de un jefe de Estado. ¿Por qué, si no lo es? Ivanka Trump comienza a ser percibida como una aspirante a la Casa Blanca. Tanto es así que para los medios internacionales no pasó de agache el corte de cabello que estrenó en su visita al país, cuando dejó atrás su característica melena larga que la hacía ver más juvenil de lo que en realidad es y se cortó el pelo hasta donde inicia su cuello, con lo que logra la apariencia de una mujer mucho mayor de lo que en realidad es.

El tema no es un asunto banal, aunque lo parezca. Los políticos conocen la potencia de los símbolos y saben también que sin frivolidad no hay poder. Todo es política. El gesto, la pose, la mirada, la ropa. Basta recordar aquel bello filme de Pablo Larrain en el que Jackie se niega a cambiarse su vestido rosado para que todo el país lo viera ensangrentado.

Ivanka también le habló al país a través de su ropa. Descendió del avión en Bogotá y su mensaje produjo el primer impacto: una mujer vestida en medio del frío de la noche, y sin abrigo, con un traje de mangas cortas color blanco, el color del poder y del liderazgo. Fue una imagen poderosa: la imagen de una mujer que existe para mandar; la imagen de una Daenerys Targaryen que no claudica ante nada.

Al día siguiente lució también sin abrigo. Esta vez usó un traje del mismo color verde del uniforme militar para asistir a una ofrenda floral en la Escuela de Policía General Santander. “Estamos de igual a igual”, pareció ser su mensaje a las FFMM.

Fue en esta ocasión cuando al ministro de Defensa lo pillaron mirando donde no debía. La foto se viralizó incluso allende las fronteras y la vicepresidenta trinó quejándose porque estaban “banalizando la visita de su invitada”. ¿O más bien se avergonzó al pensar que tarde o temprano Ivanka vería una foto que le recordaría el machismo y la misoginia de su propio padre?

La escena encandiló igual a cuando se enciende la luz de una sala de cine al final de una película. Porque fue eso: a partir de ese momento el show se vino abajo. La foto del ministro, cierta o no, nos sacó a los colombianos del embrujo de esa mujer tan rubia y tan blanca y tan alta y tan norteamericana y nos llevó a pensar en la ironía de que, para una labor de empoderamiento de la mujer colombiana, se hubiera invitado a la hija de un hombre que denigra de la mujer y del feminismo, y la humilla y la aplasta. Basta ver la manera como su propia esposa no es tenida en cuenta para nada, salvo como florero de mostrar.

Ivanka se fue luego a Cúcuta a dar una voz de aliento a los inmigrantes. ¿Por qué no hace lo mismo en la frontera con México, donde cada año mueren tantos latinoamericanos? Y también, ¿buscaba el gobierno el apoyo de Trump ahora que amenaza con una guerra a Venezuela? Detrás de todo su glamur y aparente frivolidad, Ivanka vino a lavar la imagen de su apellido (la visita se registró en medio mundo) y la vicepresidenta le hizo el juego. Nada raro en un país que vive de arrodillarse.

¿Acaso la invitación a Ivanka es la respuesta de Marta Lucía a tantas mujeres colombianas que no se sienten representadas en ella? ¿Acaso es su manera de decirnos que es este el tipo de mujer empoderada en el que ella cree y el tipo de mujer empoderada en el que ella pretende que se convierta la mujer colombiana? ¿Acaso lo que realmente busca la vicepresidenta no es el empoderamiento de la mujer, sino de la mujer de derecha?

 

@sanchezbaute

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